Como cada día me disponía a bajar aquellas escaleras que se
internaban en las entrañas de la tierra, las cuales acogían un laberinto de
pasillos, sudor y railes. Me lo sabía de memoria y siempre veía las mismas
caras y siempre había los mismos olores que se fusionaban en un cochambroso
vagón creando una repugnante atmósfera. Lo único que me alegraba de bajar a
aquel pseudo infierno era ella. Siempre sentada en el mismo asiento, con su
nariz respingona, una melena roja y ondulada que le caía sobre sus pechos, sus
inmensos ojos azules y su cuerpo de escándalo. Nunca podía evitar embobarme mirándola
y si por alguna razón nuestras miradas se cruzaban, ella en seguida apartaba la
vista nerviosa o dibujaba una tímida sonrisa en su triste rostro, porque estaba
triste o eso lo parecía ya que su preciosa cara siempre portaba un aire triste
y melancólico que me provocaba una curiosidad innata, pero no se le podía
reprochar, yo también estaba triste, pero a fin de cuentas ¿Quién no lo estaba?
Todo el mundo portaba ese aire: a unos se les notaba más a otros menos y a
otros ni siquiera se les notaba. Nadie se atrevía a afirmarlo, era mejor
aparentar ser poseedor de una felicidad falsa, pero todo el mundo lo estaba. A
todos nos faltaba algo, quizás fuera nuestra parte humana, la cual se nos
arrebataba al nacer casi mecánicamente. Pero tal vez fuera la monotonía de
nuestra existencia, o quien sabe también de un modo colectivo y general podía
ser lo inamovible que era todo, o al menos eso parecía.
Fuera lo que fuese, la sociedad nunca había sido tan gris, o
eso quería pensar yo, porque tampoco lo sabía a ciencia cierta. Probablemente
ya no quedaba ni una sola persona que no hubiera nacido entre estas robustas
estructuras por las que deambulábamos hasta morir, que nadie quedaba ya que no
solo conociera esto, que hubiera vivido en otra etapa de la sociedad.
La historia tampoco nos daba mucha certeza sobre todo esto
ya que si estamos aquí y de esta manera era porque habíamos vencido, “nosotros”
habíamos dado nuestra sangre para vivir así, “nosotros” habíamos sudado por
consolidarlo, “nosotros”, “nosotros” y “nuestros antepasados” habían luchado
contra el terror para que, esta vez sí, nosotros viviéramos tal y como vivimos.
Mi cabeza evocaba normalmente recuerdos de juventud, pero
aunque en cierto modo lo seguía siendo, mi cabeza ocupaba otros asuntos. Estos recuerdos poco a poco
se difuminan en una homogénea masa, que es la línea de mi vida en la que pocas
cosas son nítidas del todo. Quedan solo leves recuerdos que me agrada recordar.
Había uno que nunca iba a poder olvidar, no sabía con toda convicción si era
agradable o amargo como el chocolate más puro pero las palabras que aquella
tarde oí se mantenían candentes en mi cabeza. Tan candentes como la duda que
tenía sobre todo lo que me rodeaba. Mi abuelo me contaba historias de cuando el
era joven, claro, él ya había muerto
hace muchos años y cuando tuvimos esa conversación, si se le puede denominar
así ya que solo el hablaba, yo era un niño y la mitad de las cosas no las
entendía e incluso hoy en día me costaba entenderlas o entendía solo parte de
la totalidad de su significado. Mi querido abuelo había vivido la gran crisis,
una crisis que fue tal en todos los aspectos de la sociedad y provocó que se
tambalearan todos los estadios de dicha sociedad del momento. De eso trataba la
historia de aquella tarde, me dijo que los términos que deberían estar latentes
en todas las cabezas humanas ya casi estaban olvidados por aquel entonces y muy
pocos conocían su significado pleno. También decía que antes e incluso durante
la gran crisis, la gente aún reía y actuaba como si no pasara nada, ignorando
lo que sucedía y que esos mismos que la ignoraban, dejaron de reír cuando
entendieron el cariz que había tomado la situación pero entonces ya era
demasiado tarde y ya estaban todos condenados. Siempre recalcaba y exclamaba
las palabras “clase” y “lucha” y otras más difusas en las que no hacía tanto énfasis como podían ser “viejo” o “fantasma”. Yo, claro, lo escuchaba con
admiración, pero tristemente no lo entendía del todo y ahora… Ahora no hay cosa
de la que me arrepiente más que de no haberle preguntado por esas historias,
porque en realidad el no quería divertirme, no buscaba entretenerme, su objetivo
era algo más complejo, este era trasmitirme algo y en cierto modo así lo hizo,
ya que sus palabras retumbaban en mi cabeza, cada día, en cada situación, a las
cuales les había dedicado cierto tiempo como si de una misión personal se
tratara.
El traqueteo del metro y unas campanas me despertaron de mi
furtiva y repentina evasión y casi todo seguía exactamente igual.
-Próxima parada: Plaza de Tera – Dijo una fría y seca voz
femenina por el megáfono del metro.
Esta era mi parada, la pelirroja había bajado una antes como
era de costumbre y ni siquiera me había dado cuenta de ello. Un tumulto de gente salió
apresurada del vagón llenando el andén de la parada y cual rebaño, una masa de
cuerpos con cabezas mecanizadas, entre la cual me encontraba, se dirigió a las
escaleras que nos llevaban a la salida.
Después de atravesar el laberinto que suponía esa gusanera,
subí otras escaleras de nuevo y por fín pude ver el cielo de la Plaza de Tera.
Me puse el pañuelo que llevaba anudado al cuello en la cara, de tal manera que
tapara mi nariz y mi boca. Ya había pasado el último escalón y me encontraba en
la plaza, la majestuosa plaza de Tera. Aquella vez, me quede bloqueado y no me
atrevía a dar ni siquiera un paso más, al contrario que el resto de los días
pasados de mi vida. Delante de mí se alzaban unos edificios grises y fríos como
el hormigón, gente, con la cara tapada al igual que yo, deambulando de un lado
a otro, desbocados sin un rumbo en sus vidas, nada más que trabajar para
mantener el sistema de pie, sin darse cuenta de que morirían para ser olvidados
al igual que la historia cuyas hojas quebradas caían como las hojas secas de
los pocos árboles que quedaban en pie. Entre la gente una ligera niebla y
siento errar, ya que no es niebla. Y sobre todos nosotros un cielo gris y
negruzco que impedía que nos llegaran con fuerza los rayos del sol y al fondo
de este columnas de humo que se fusionaban con dicho cielo, creando una terrorífica
cúpula que mataba todo y a todos dentro de ella, causa de un mundo mecanizado y
masivo, que impedía que alguna vez en tu vida respiraras sin introducir veneno
en tus pulmones, ya que, yo no conozco el cielo azul, del que me hablaba mi
abuelo. Yo nací, vivo y moriré bajo este lúgubre techo.
Nunca me había fijado en ello de esa manera y estaba horrorizado.
Entonces y solo entonces, creo que mi cabeza había llegado a la conclusión de
que igual sí había comprendido las palabras de mi abuelo y que a estas
alturas de todo solo nos quedaba una cosa por la que merecía la pena vivir y
dar la vida: Himnos de rebelión .
Alberto Arnas "De Arnas tomar"
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