miércoles, 2 de octubre de 2013

Recuerdos y sentimientos

Como cada día me disponía a bajar aquellas escaleras que se internaban en las entrañas de la tierra, las cuales acogían un laberinto de pasillos, sudor y railes. Me lo sabía de memoria y siempre veía las mismas caras y siempre había los mismos olores que se fusionaban en un cochambroso vagón creando una repugnante atmósfera. Lo único que me alegraba de bajar a aquel pseudo infierno era ella. Siempre sentada en el mismo asiento, con su nariz respingona, una melena roja y ondulada que le caía sobre sus pechos, sus inmensos ojos azules y su cuerpo de escándalo. Nunca podía evitar embobarme mirándola y si por alguna razón nuestras miradas se cruzaban, ella en seguida apartaba la vista nerviosa o dibujaba una tímida sonrisa en su triste rostro, porque estaba triste o eso lo parecía ya que su preciosa cara siempre portaba un aire triste y melancólico que me provocaba una curiosidad innata, pero no se le podía reprochar, yo también estaba triste, pero a fin de cuentas ¿Quién no lo estaba? Todo el mundo portaba ese aire: a unos se les notaba más a otros menos y a otros ni siquiera se les notaba. Nadie se atrevía a afirmarlo, era mejor aparentar ser poseedor de una felicidad falsa, pero todo el mundo lo estaba. A todos nos faltaba algo, quizás fuera nuestra parte humana, la cual se nos arrebataba al nacer casi mecánicamente. Pero tal vez fuera la monotonía de nuestra existencia, o quien sabe también de un modo colectivo y general podía ser lo inamovible que era todo, o al menos eso parecía.

Fuera lo que fuese, la sociedad nunca había sido tan gris, o eso quería pensar yo, porque tampoco lo sabía a ciencia cierta. Probablemente ya no quedaba ni una sola persona que no hubiera nacido entre estas robustas estructuras por las que deambulábamos hasta morir, que nadie quedaba ya que no solo conociera esto, que hubiera vivido en otra etapa de la sociedad.

La historia tampoco nos daba mucha certeza sobre todo esto ya que si estamos aquí y de esta manera era porque habíamos vencido, “nosotros” habíamos dado nuestra sangre para vivir así, “nosotros” habíamos sudado por consolidarlo, “nosotros”, “nosotros” y “nuestros antepasados” habían luchado contra el terror para que, esta vez sí, nosotros viviéramos tal y como vivimos.

Mi cabeza evocaba normalmente recuerdos de juventud, pero aunque en cierto modo lo seguía siendo, mi cabeza ocupaba otros asuntos. Estos recuerdos poco a poco se difuminan en una homogénea masa, que es la línea de mi vida en la que pocas cosas son nítidas del todo. Quedan solo leves recuerdos que me agrada recordar. Había uno que nunca iba a poder olvidar, no sabía con toda convicción si era agradable o amargo como el chocolate más puro pero las palabras que aquella tarde oí se mantenían candentes en mi cabeza. Tan candentes como la duda que tenía sobre todo lo que me rodeaba. Mi abuelo me contaba historias de cuando el era joven, claro,  él ya había muerto hace muchos años y cuando tuvimos esa conversación, si se le puede denominar así ya que solo el hablaba, yo era un niño y la mitad de las cosas no las entendía e incluso hoy en día me costaba entenderlas o entendía solo parte de la totalidad de su significado. Mi querido abuelo había vivido la gran crisis, una crisis que fue tal en todos los aspectos de la sociedad y provocó que se tambalearan todos los estadios de dicha sociedad del momento. De eso trataba la historia de aquella tarde, me dijo que los términos que deberían estar latentes en todas las cabezas humanas ya casi estaban olvidados por aquel entonces y muy pocos conocían su significado pleno. También decía que antes e incluso durante la gran crisis, la gente aún reía y actuaba como si no pasara nada, ignorando lo que sucedía y que esos mismos que la ignoraban, dejaron de reír cuando entendieron el cariz que había tomado la situación pero entonces ya era demasiado tarde y ya estaban todos condenados. Siempre recalcaba y exclamaba las palabras “clase” y “lucha” y otras más difusas en las que no hacía tanto énfasis como podían ser “viejo” o “fantasma”. Yo, claro, lo escuchaba con admiración, pero tristemente no lo entendía del todo y ahora… Ahora no hay cosa de la que me arrepiente más que de no haberle preguntado por esas historias, porque en realidad el no quería divertirme, no buscaba entretenerme, su objetivo era algo más complejo, este era trasmitirme algo y en cierto modo así lo hizo, ya que sus palabras retumbaban en mi cabeza, cada día, en cada situación, a las cuales les había dedicado cierto tiempo como si de una misión personal se tratara.

El traqueteo del metro y unas campanas me despertaron de mi furtiva y repentina evasión y casi todo seguía exactamente igual.

-Próxima parada: Plaza de Tera – Dijo una fría y seca voz femenina por el megáfono del metro.

Esta era mi parada, la pelirroja había bajado una antes como era de costumbre y ni siquiera me había dado cuenta de ello. Un tumulto de gente salió apresurada del vagón llenando el andén de la parada y cual rebaño, una masa de cuerpos con cabezas mecanizadas, entre la cual me encontraba, se dirigió a las escaleras que nos llevaban a la salida.

Después de atravesar el laberinto que suponía esa gusanera, subí otras escaleras de nuevo y por fín pude ver el cielo de la Plaza de Tera. Me puse el pañuelo que llevaba anudado al cuello en la cara, de tal manera que tapara mi nariz y mi boca. Ya había pasado el último escalón y me encontraba en la plaza, la majestuosa plaza de Tera. Aquella vez, me quede bloqueado y no me atrevía a dar ni siquiera un paso más, al contrario que el resto de los días pasados de mi vida. Delante de mí se alzaban unos edificios grises y fríos como el hormigón, gente, con la cara tapada al igual que yo, deambulando de un lado a otro, desbocados sin un rumbo en sus vidas, nada más que trabajar para mantener el sistema de pie, sin darse cuenta de que morirían para ser olvidados al igual que la historia cuyas hojas quebradas caían como las hojas secas de los pocos árboles que quedaban en pie. Entre la gente una ligera niebla y siento errar, ya que no es niebla. Y sobre todos nosotros un cielo gris y negruzco que impedía que nos llegaran con fuerza los rayos del sol y al fondo de este columnas de humo que se fusionaban con dicho cielo, creando una terrorífica cúpula que mataba todo y a todos dentro de ella, causa de un mundo mecanizado y masivo, que impedía que alguna vez en tu vida respiraras sin introducir veneno en tus pulmones, ya que, yo no conozco el cielo azul, del que me hablaba mi abuelo. Yo nací, vivo y moriré bajo este lúgubre techo.

Nunca me había fijado en ello de esa manera y estaba horrorizado. Entonces y solo entonces, creo que mi cabeza había llegado a la conclusión de que igual sí había  comprendido las palabras de mi abuelo y que a estas alturas de todo solo nos quedaba una cosa por la que merecía la pena vivir y dar la vida: Himnos de rebelión .


Alberto Arnas "De Arnas tomar"

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