El sol aún brillaba en aquel precioso ocaso, iluminaba la basta pradera que se extendía frente a ellos y las prominentes montañas arcillosas que parecían lanzas las cuales amenazaban al mismo cielo, proyectaban las primeras sombras que vaticinaban el comienzo de la oscuridad, a ese dichoso sol que mantenía la última esperanza de la vida le quedaba poco tiempo para brillar por última vez antes de que el brillo de la luna lo ahogara por completo.
-¿ Qué es el progreso?- le preguntó el joven indio a su padre, mientras contemplaban el final de otro día.
-El progreso, es una invención del hombre, para justificar la deshumanización de la sociedad, de la humanidad, del mundo- Le contesto su padre sin apartar la vista del horizonte - Nosotros somos los últimos vestigios de la poca humanidad que quedaba en este mundo en decadencia, nosotros aún besamos los atardeceres, nosotros aún escuchamos el tomillo, bebemos el frescor y abrazamos los silencios, sí ellos olvidaran sus despachos, sus tarjetas, las mentiras de su fe... podrían recuperar lo que ellos mismos se arrebataron, buscando su felicidad, su humanidad, encontrando ruina y desesperación.
El muchacho contempló a su padre, sin decir ni una palabra y volvió a mirar como el sol comenzaba a esconderse en la lejanía de la pradera. Su padre rompió el silencio:
-Sabes hijo, nosotros también perdimos humanidad el día que el hombre blanco puso en nuestras manos los rifles y nos proporcionó tecnología, una tecnología que al lado de la suya esta ya obsoleta, son piezas de museo, pero para nosotros siguen siendo maravillas humanas, a las cuales les seguimos teniendo miedo y por eso no nos hemos dejado llevar por su "progreso" por qué tenemos miedo a la tecnología sin control, y al contrario que ellos hemos conservado la humanidad y hemos perdido en tecnología. Aún recuerdo cuando tu abuelo nos contaba a tu tío y a mí cuando el hombre blanco les otorgó los rifles, esa historia nos aterrorizaba a tu tío y a mí, nos contaba como el hombre blanco trasmitió el odio y deshumanizó a nuestros antepasados y provocó que los amigos se matarán entre ellos, que los hermanos se dispararán, que las cosechas ardieran, trasmitiendo con el brillo del fuego el odio del hombre. Al final comprendieron que el verdadero enemigo era el hombre blanco y su ansiado progreso, su deseo de poder y de dominar al otro y usaron sus propias armas para ahuyentar al hombre blanco y a su tecnología.
-Entonces padre - preguntó el joven indio - ¿Nosotros salvamos nuestros espíritus y abandonamos la senda del hombre blanco?
El joven miro a su padre que se mantenía impasible ante el ocaso. El sol alumbraba su curtido rostro, lleno de arrugas, sereno y solemne, como la mayor de las montañas que la tierra había otorgado al mundo, sus ojos se entrecerraron y una lagrima atravesó el viejo rostro del indio.
-Nosotros también estamos condenados, el progreso viene hacia nosotros y tus hermanos y compañeros lo esperan con los brazos abiertos.- siguió el indio- Estamos condenados al odio y a la deshumanización, a perder nuestros espíritus y a luchar por ser el primero. Esta, nuestra realidad, no durará mucho tiempo, por que al igual que la tecnología que nos dio el hombre blanco, nuestra sociedad, nuestros dioses, nuestras costumbres también se han quedado obsoletas.
El viejo se agachó y cogió con cada mano un puñado de la tierra arcillosa que pisaban, la tierra que siempre tendría sus huellas. La noche ya cubría su espalda y la luna ganaba cada vez mas terreno al sol, su sol, ellos eran ya los únicos que lo apreciaban. Extendió los brazos y abrió las manos, el polvo se levanto de sus manos con la suave brisa que corría y los últimos destellos del sol hicieron brillar los granos de dicho polvo, pareciendo estrellas que se elevaban y se unían a sus pocas hermanas que ya brillaban en el firmamento.
-Como este sol pálido que pronto caerá en el olvido- dijo el viejo mientras cogía su rifle del suelo - nosotros también caeremos, y junto al hombre blanco que ya está perdido buscaremos nuestra destrucción mutua, la perdida de nuestras cualidades humanas y solo la muerte podrá liberarnos de esa maldición. Esa es nuestra realidad.
"Esa es nuestra realidad" Pese a lo que decía su padre, el joven jamas iba a olvidar aquella puesta de sol, ni aquel ocaso, que les acercaba a la oscuridad. Al igual que a su padre, una lágrima recorrió el bello rostro del joven indio, mientras para sus adentros se repetía: Esa es nuestra realidad.
Alberto Arnas "De Arnas tomar"
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